Cada día se sentaba junto a la ventana a describir prados verdes, montañas nevadas, neblina sobre los picos, sobretodo por la mañana temprano. Describía el mismo paisaje, un día tras otro, sin cambiar de ventana.
El sol iba trazando el mismo semiciclo cada día hasta esconderse tras las montañas de Stradbury, haciéndolas parecer gigantes en lucha, agitando sus puños en el aire, casi sin darse, estáticos.
Al esconderse el sol todo parecía en extraño silencio y las ardillas que habían estado correteando todo el día frente a su casa, desaparecían de golpe, dejando solo sus huellas en el jardín.
El sauce que habían plantado hacia ya unos años aparecía entonces majestuoso sobre su propia sombra. Sus hojas asemejaban gotas bajo la lánguida luz de la media luna.
Él mismo languidecía.
Ese otoño hizo las maletas, cogió a su perro y se dirigió a la estación de tren más cercana.
Hacía tiempo que había decidido no vivir su tiempo: escuchaba canciones antiguas (y tristes), veía cine en blanco y negro (pero no tenía televisor en casa) y ya casi nunca pasaba de la tercera página del periódico. Una de esas cosas que había dejado atrás era el coger aviones para desplazarse, entre otras cosas porque hacia ya mucho tiempo que no iba a ninguna parte. No desde que murió su madre y Ella, pasado poco tiempo, se fue.
No había sido fácil. Desde el principio los problemas nacieron como setas a su alrededor y él no hizo nunca suficiente por enfrentarse a nada. Desde pequeño había aprendido a parapetarse tras la coraza y esconder bien hasta el último pelo de la cabeza para no ver la realidad. Mucho menos enfrentarse a ella.
Ahora, pasados los años, las cosas seguían igual. Todavía no había aprendido aquello que ella siempre le recriminaba: “a coger el toro por los cuernos”. Esa frase juntamente con “empezar la casa por el tejado” podían hacer que se sintiera tan miserable que volviera a esconder la cabeza, negando toda obligación con la realidad que les rodeaba.
Esas eran las razones, unidas a cincuenta millones de gotas más, que habían llenado el vaso lo suficiente como para llegar un día a casa y encontrarse con la mitad del armario vacío, algunos marcos sin foto y una nota aún húmeda en su almohada:
“Ya no puedo seguir.
Estoy cansada.
Lo siento.
Te quiero.”
Habían sido casi cuatro meses de locura transitoria, alcohol, inexistencia, quijotismos, paranoia, escritos colgando de la pared y cartas a ninguna parte, cuatro meses de plegarias a Dios, al Diablo, al mismísimo interior de si mismo, plegarias llenas de llanto, golpes contra la pared y ropa sucia. Meses de levantarse y haberse vomitado encima.
Meses de solo poder recordar su cara, susurrándole al viento cuanto la quería.
Esperar cada mañana a que volviera hasta que el sol se iba.
Y derrumbarse.
Ahora iba a coger un tren y estaba dispuesto a vivir su vida. Iba a escribir un diario con cada paisaje diferente sin ella y luego se lo enseñaría. Viajaría por todo el mundo. Aunque le llevase el resto de su vida no pensaba morir sin volver a ver lo más bonito que jamás amó.


No comments:
Post a Comment