Normalmente no me doy por vencida hasta que empiezan a sacarme el intestino grueso por la boca y se hacen un bonito collar étnico con el. Es algo genético supongo.
Pero eso no me salva de la zozobra, es todavía peor.
En lugar de sentirme mal al final cuando todo acaba lo retuerzo y lo estiro y lo esparzo y lo desmenuzo en mini-fragmentos de todo hasta que ya no me acuerdo ni de porque estaba haciendo esto.
En lugar de sentirme mal al final cuando todo acaba lo retuerzo y lo estiro y lo esparzo y lo desmenuzo en mini-fragmentos de todo hasta que ya no me acuerdo ni de porque estaba haciendo esto.
Alargo la agonía hasta lo indecible. La otra persona acaba por hartarse si no se vuelve loca antes. En estos casos suelo abrazar el cinismo y me vuelvo escéptica a todo. También fumo y bebo más de lo normal pero nunca llego a emborracharme porque estoy lineal de pensamiento y en mi forma de actuar. Claudia a esto suele llamarle apatía pero yo más creo que se me come el rencor. Empieza por dentro chiquitín y poco a poco se va sentando en su sillón Voltaire hasta que ya se ha construido una perfecta habitación con papel pintado de ese estilo victoriano muy bonito con volutas y todas esas cosas y colores que tanto le gustan y le hacen crecer. Los lujos del rencor los llamo.
Y luego la nada infinita que no puedo controlar. Se esparce por mi cuerpo como si fuera una manta en invierno y acabo metiendo hasta la cabeza de lo bien que se esta.
Como los gorrinos se revuelcan en el lodo yo me tiendo a disfrutar de mis bajezas.
Me las miro del derecho y del revés hasta que ya no tienen sentido porque ya no son lo que eran.
Esa es la grandeza del ser humano, podemos maltratar (a nosotros mismo y a los demás) lo que queramos. Podemos ser todo lo peor que queramos.
Esa es la grandeza del ser humano, podemos maltratar (a nosotros mismo y a los demás) lo que queramos. Podemos ser todo lo peor que queramos.
Siempre nos quedará París.




